martes, 31 de julio de 2012

NÁUFRAGO


Aletearon tus párpados y
despertaron huracanes furibundos
que acometieron mis poros
e incendiaron mis mares interiores.

Náufrago tuyo,
nadé hasta tus bordes y me rendí.

En mi cabeza retumbaba
la glosa discursiva de la marea.

Cubriste mi rostro con tus labios,
te embarcaste en mi cascarón vacío.
Luego, usándome como tambora,
tocaste un son de africanos tristes.

Entonces, tornaron las palabras:
fuertes y sonoras.
Hice con ellas una pelota de trapo,
las arrojé al fuego.

Entendí que para devorar
a alguien tan real como tú
no hacían falta letras y metáforas,
sino el ejercicio de los músculos,
la crispación de los nervios y
unas manos vibrantes de deseo.

Te aprendí completa
 como si fueras una lección para el recuerdo.

De pronto descubrí
que las palabras seguían encarcelando mis pensamientos y callé...

Quise esconderme
dentro de una concha de caracol marino
para alejarme de la sociedad,
pero cuando me estaba acomodando
 para encorvarme por varios cientos de años,
me encuentro con tu mirada 

que me hace una llave al cuello,
 me derrumba sobre tu piel.

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